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La Mirada .
Juan Antonio Zugazabeitia.
Desde lo cotidiano, la mirada de todos los días puede convertirse en hábito y acto reflejo; su resultado en producto de un rápido y fugaz golpe de vista, poco definido, un tanto nebuloso, a vuelapluma.
Aún pareciendo contradictorio, la mirada desde la ausencia, la mirada desde el recuerdo, en la, a veces urgente y ansiosa, necesidad de recuperación y aprehensión de vivencias que ya fueron, agudizan y desarrollan el rigor y la minuciosidad como herramientas y actitudes vitales y necesarias.
La forma de mirar condiciona el ver, el “saber mirar” conlleva el “saber ver”.
Este fenómeno no se da exclusivamente en aquellos espacios como los naturales, no tan habituales para el ciudadano actual; en los espacios urbanos el hecho resulta evidente.
Toda profesión precisa de su “saber mirar” y de su “saber ver”; en el caso del autor que nos ocupa aún más, si cabe, teniendo en cuenta que en ese ejercicio y en el juego de la imaginación visual, a la que se refería Italo Calvino, estriba su hacer.
En estas líneas, preferimos el término “oficio” al de ”profesión”; nos aproxima más al autor, nos acerca a aquellas piezas únicas del renacimiento, nos recuerda la ímproba labor de los pintores de la escuela puntillista de finales del XIX, como Seurat o Signac, movimiento también conocido como divisionismo o neoimpresionismo, tendente a sintetizar arte y ciencia; nos evoca la meticulosidad del hiperrealismo.
A través del rigor y la búsqueda del minucioso detalle en el tratamiento de los materiales y los elementos surgidos en su “saber mirar”, el tiempo y las sombras cobran otro valor en su obra.
Desde el afecto de amigo y cariño del parentesco resulta, a todas luces, difícil presentar una colección de vivencias ajenas, pero, por lo apuntado, también próximas y personales.
Con cierto pudor, me atreveré a opinar.
Jokin Leniz nació en Bilbao, la ideología de su familia llevó a sus padres a Venezuela, quedando él en Amorebieta bajo la tutela de su aittite Nicasio Aranbarri.
Nuestro territorio adolescente fueron las campas de Nafarroa y la ribera de nuestro Ibaizabal; un espacio en el que campeábamos a nuestras anchas, Jokin, quien suscribe y nuestro querido primo, ya ausente, Javier Alvarez..
La casa de Josefita, mi abuela, era punto de encuentro para importantes eventos tales como grandes merendolas. Concha, mi madre, era referencia importante.
Jokin marchó a Venezuela y retornó a su costa, en este caso a San Sebastián, preservando siempre el sentimiento de vínculo a los lugares vividos y atrapando en sus plumillas, - de voluntario blanco y negro-, desde su oficio de arquitecto, la sensación de vida que, según sus palabras, le transmiten los motivos objeto de su obra.
Creo que el objetivo está felizmente cumplido. Detengámonos y disfrutemos; sepamos mirar, sepamos ver.
Querido Jokin, te deseo lo mejor. Te lo mereces.
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